Las plataformas de streaming no aceptan subidas directas de artistas. Entre tu máster y Spotify hay siempre un distribuidor digital: una empresa que entrega el archivo con sus metadatos a cada plataforma, gestiona los identificadores del lanzamiento y recauda las reproducciones para liquidártelas después.
El modelo habitual hoy es de suscripción anual con subidas ilimitadas, y la diferencia clave frente a un sello tradicional es que conservas la propiedad de tu música: el distribuidor entrega y recauda, pero no adquiere derechos sobre la obra. Aun así, las condiciones concretas varían entre servicios y merecen leerse antes de firmar.
Lo que conviene tener listo antes: el máster en WAV a calidad completa, nunca un MP3, porque el distribuidor codifica a partir de lo que le entregas y partir de un archivo ya comprimido degrada el resultado dos veces; la portada cuadrada en alta resolución, sin texto ilegible al tamaño de un móvil; los créditos completos de composición e interpretación, que son los que determinan quién cobra qué; y, si hay samples de terceros, la autorización resuelta antes de entregar.
Sobre las fechas: entrega con tres o cuatro semanas de antelación. No lo pide la distribución, que tarda días; lo piden los equipos editoriales de las plataformas, que necesitan ese margen para poder considerar la canción de cara a sus playlists. Publicar con dos días de aviso cierra esa puerta antes de intentarlo.
Y antes de nada, que el máster esté a la altura: la guía de masterización cubre qué hacer y qué no, y la de LUFS y loudness, a qué nivel conviene entregar para streaming. Publicar es la parte fácil; que la canción aguante la comparación es la otra.
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