Colocar un bombo y una caja en una rejilla lo hace cualquiera en cinco minutos. Que el resultado tire hacia delante en vez de arrastrarse es otra cosa, y no depende de saber más patrones: depende de oír la diferencia entre un golpe que cae exactamente en el tiempo y otro que cae unos milisegundos antes o después.
Adelantar ligeramente la caja da urgencia; atrasarla da relajación; variar la intensidad de los hi-hats convierte una secuencia mecánica en algo que suena tocado. Glitch Beats te deja programar el patrón y luego moverlo, para que oigas el efecto de cada desplazamiento en lugar de leerlo.
Otra parte del juego te entrega un beat con algo roto y te pide localizarlo. Es deliberadamente incómodo, porque diagnosticar cuesta más que crear: cuando construyes desde cero eliges lo que te gusta, y cuando arreglas tienes que identificar qué concretamente no funciona en algo que ya existe. Es exactamente la habilidad que se usa al mezclar.
Para la parte de dinámica —cuánto pega cada golpe y por qué— está la guía de compresión, y para sacar el tempo de una referencia sobre la que trabajar, el detector de BPM.